Lloré de dolor para no ahogarme en el grito. Lloré mirando la bandera estrellada. Lloré sintiéndome tan solitario en mi dolor.Un hombre de baja estatura se me acercó.
– "¿Esta es la embajada de Venezuela?", preguntó.
– "Sí señor. No parece, ¿cierto?", contesté.
– "En mis tiempos los jóvenes salíamos a la calle a marchar por cada suceso. Siempre nos daban palo, pero no parábamos de salir".
Conversamos sobre la sorpresa compartida. Nos preguntamos por en dónde estaban los partidos de izquierda, los militantes, los estudiantes, los venezolanos.
– "Estamos aquí representando a millones usted y yo", dije. Afirmó con la cabeza.
Me contó sobre los tupamaros y de que presenció el asesinato por parte de sus integrantes de un agente extranjero que llegó a entrenar a los militares del régimen. Habló de los desaparecidos, de los torturados y de la lucha de algunos por no doblegarse al statu quo.
Nos animamos a entrar en la embajada, donde había más gente. En particular, militantes del chavismo. Una mujer de avanzada edad, identificada en su camiseta como del "Comité para el fortalecimiento del poder popular", era quien más estaba afectada.
Después de sentarme con mi acompañante casual a ver el cubrimiento de Telesur durante casi una hora, decidimos irnos. Había más gente en la calle en esos momentos cercanos a la media noche, pero no las que supongo que debieron haber estado.
– "Hasta luego" me despedí. "Ponga esa semillita en tierra y échele agua. No la deje morir".
Me fui hecho un remolino de expectativa. ¿Qué le depara ahora a Latinoamérica?
Del señor no sé el nombre, pero sí la edad: 70 años. Además, sé una cosa más: es un compañero.
¡Hasta siempre, comandante Chávez!

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