¡Atención! Este espacio es experimental, un taller de escritura. Aquí publico reflexiones, pensamientos, reseñas y demás.
Espero que leerlo le incite a formarse una opinión, antojarse de un libro o simplemente le haga pasar un momento agradable.

martes, 11 de junio de 2013

La marihuana: desconocer es como el olvido

Hace poco alguien compartió en las redes sociales un artículo que me sorprendió del reconocido columnista de la revista Semana Antonio Caballero. Soltó el tono pesimista –comprensible dado el país que tenemos– y saltó a las lides del activismo cannábico. "Antonio Caballero fumó marihuana, ¡y lo acepta!" pensé. Muy importante esto último porque el lío actual con la planta se basa sobre todo en una hipocresía ya conocida por muchos. Digo, basta ver al presidente Juan Manuel Santos acercándole la nariz a un comprimido de 5 kilos de María y pensar que estudió en una universidad yankee en la década de los 70's para atreverse a leer su pensamiento: "la de Kansas en mi época estaba mejor".

Presidente de Colombia, Juan Manuel Santos
Aquí en el Uruguay el porte y consumo de marihuana es legal. La producción no. Ya hace un par de años se está conversando sobre la legalización de la siembra para romper uno de los nidos del narcotráfico –seguro el que es, por la abundancia de mercado, el más rentable en estas latitudes–. Aquí el que se fuma un porro no es estigmatizado, pues basta tener un dedo de frente para entender que la sustancia es nociva en la medida del uso que se le da.
Sin embargo, me da la impresión de que tanto aquí la defensa del consumo o, en genérico, de la libertad, como en la columna de Caballero, se trata a la marihuana quizá de forma ingenua. En el Uruguay, los promotores de la planta la volvieron símbolo de progreso, de "aquí respetaremos los gustos de todos". Caballero dice en su columna "el uso de las drogas, que liberan, ha sido calificado por las autoridades como un delito, como una enfermedad". Yo comparto ambos postulados: nadie puede pretender decidir sobre nuestro cuerpo y, mucho menos, criminalizar la decisión soberana de utilizar una sustancia que nos permita explorar nuestra conciencia. Su moral no será nuestro yugo, los límites de sus placeres no serán nuestra prisión.
La marcha por la legalización en Montevideo, el pasado mes
de marzo, convocó a una multitud de personas.
Foto: Santiago Mazzarovich 
La ingenuidad que menciono radica en dos problemas que veo a la apología de la hierba y a su impulso legalizador. Primero, hay un discurso romántico de que el cannabis abre otras puertas, todas buenas. Yo no creo eso. Aunque ciertamente no sabemos los efectos reales de los distintos tipos de consumo, mi experiencia personal y social me permite decir que muchas veces se levantan cerrojos que pueden llevar a problemas de salud, de motivación, de concentración o memoria, de pereza y estancamiento. Aquello está relacionado, posiblemente sea un epifenómeno, con el segundo problema: parece aceptarse sin discusión que el consumidor es responsable, lo cual es imposible dada la circunstancia de oscurantismo que rodea a las drogas. La mayoría de jóvenes no tenemos información suficiente puesta en los canales adecuados para tomar decisiones responsables. La ignorancia es un problema de la sociedad y este caso cabe ahí. Son las instituciones del Estado, pero sobre todo la principal Institución, la familia, las que deben combatirla. Pero en éstas están enquistadas la ignorancia y la hipocresía. Cierre del círculo vicioso.
La política de legalización debe tener una antesala fuerte de investigación, de identificación seria de problemas en el individuo por el consumo, o más bien, por los tipos de consumo, y de difusión de lo encontrado. El respeto a la libertad no puede reducirse a liberalizar, debe ampliarse al enseñar. ¿Será conveniente lanzar la marihuana al mundo de los productos sin una preparación previa de las mentalidades y las conciencias sobre su utilización? ¿Debe dejarse que la ignorancia sea la brújula de los crecientes nuevos consumidores?
 

Habrá que superar el "dicen" por otro tipo de conocimiento al respecto. 





jueves, 9 de mayo de 2013

Un chofer el timón de Venezuela

Hace un par de días Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, visitó Montevideo para firmar unos acuerdos de cooperación con el gobierno de José Mujica. Durante la visita recibió las llaves de la ciudad de manos de la intendenta, sorprendió al manejar su propio vehículo y visitó una central sindical, entre otras cosas.
Dado el poco seguimiento que hago de las noticias uruguayas no supe mucho al respecto. Me enteré antes de entrar a clase por unas compañeras que comentaron estar considerando faltar esa noche por ir a verlo. No lo entendí.
En general, si no te interesas específicamente por conocer algo sobre Venezuela y su proceso político autónomame
nte, te quedará la sensación de que allá las cosas no están bien. El causar esa sensación es el fin último de los medios de comunicación como instrumentos de propaganda y adoctrinamiento político. Te quedas con el Maduro chofer, el arrimado de Chávez, el presidente ilegítimo o el dictador, porque de eso sí que hablan las grandes pantallas de la información.
Yo soy víctima. Como que he sentido tanta hostilidad de los medios, replicada por las personas, por ejemplo, en las redes sociales, que inconscientemente se me estaba dibujando un imaginario que se estrelló con la pared de la realidad: no sé nada sobre el Heredero. Fue cuando quise argumentar el porqué no me parece que Maduro se haya ganado que mis compañeras lo consideren un líder de izquierda loable de ser ido a ver. No supe qué decir sobre su trayectoria, más allá de la realidad que me hace seguir pensando que todavía no es alguien a quien iría a ver: él llega a la presidencia a la sombra de un proceso político en el que el grueso de las decisiones fueron tomadas por otro, Chávez. Sí, es fiel al corazón ideológico del chavismo –por algo fue electo–, pero eso no lo diferencia de millones de otros. En resumidas, Maduro no ha tomado decisiones relevantes, pero está empezando a hacerlo.
El héroe griego Hércules luchando por capturar al Can Cerbero
de Hades en sus doce penitencias  
No lo considero un ícono actual de la izquierda porque apenas está a punto de gobernar. ¿Es prudente asumir desde tan temprano que su gobierno será tal que él ya es personalidad? Por ejemplo y manteniendo las debidas proporciones, ¿Es Juan Manuel Santos en Colombia el heredero que los uribistas esperaban?
Investigué un poco sobre el nuevo presidente y aquí hay algunas datos que puedan ser de interés: desde muy joven militó en la liga socialista; fue presidente del sindicato del Metro de Caracas y, como tal, integró su junta directiva; diputado de la Asamblea Constituyente que expidió la Constitución de 1999; diputado de la Asamblea Nacional y presidente del Parlamento. Sin embargo, sus grandes logros, a mí parecer, los obtuvo como Canciller de Venezuela, en donde planeó y ejecutó desde 2006 la vasta política exterior venezolana, midiéndosele al Can Cerbero internacional de los conglomerados de la información y a los enemigos de nuestro pueblo. Ahh... y fue bajista de un grupo de rock. Ahí les dejo una de sus canciones.


miércoles, 1 de mayo de 2013

"Mamá, me pido a Escobar"

Iba caminando por la importante avenida 18 de Julio de la ciudad de Montevideo, cerca a la Intendencia municipal. Linda noche otoñal bendecida por un paro en el agreste viento que caracteriza por estos días a la capital del Uruguay.
Un niño caminaba detrás de la madre, que conversaba quizá con su hija mayor y no prestaba atención al imperioso llamado del impúber. "Mamá... mamá", llamaba el niño, tal vez de 10 años. Me pareció extraño que la señora que iba adelante suyo, quien yo supuse que era su madre, no volteara. Me enganché en el suceso. Una cuadra más adelante el niño continúa el llamado, pero esta vez llega hasta donde la madre y le hala el brazo: "Mamá, ¡me pido a Escobar!". Abrí los ojos: ¿Qué? Esto es demasiado.
Bueno, la mayoría de colombianos no lo saben, pero en el Uruguay están muy a tono con las megaproducciones televisivas colombianas. El canal Monte Carlo transmitió Escobar, el patrón del mal mientras en colombia todavía no había terminado la serie, y recientemente comenzó a transmitir Tres caínes en horario nocturno dos veces a la semana. Parece también que antes de mi llegada la pantalla chica uruguaya le presentó a sus televidentes producciones como El capo o El cartel de los sapos. 



Ya no me extraño cuando los orientales, al saber de mi nacionalidad, me vinculan con mafias, narcotráfico, muerte y corrupción. En las conversaciones con ellos es común que pregunten por tal o cual suceso, por Rodrigo Lara Bonilla, por ejemplo, o que tengan la noción de que Colombia vive en una anarquía de violencia. Y más grave aún es que la mayoría desconoce cuestiones básicas del país como más o menos cuántos habitantes tiene o con qué naciones comparte fronteras.
Algunos programas de televisión que tanto beneficio económico le están significando a dos organizaciones privadas –entiéndase los canales RCN y Caracol– están regando por el continente un desolador imaginario del país y de sus habitantes. ¡Nos están transmitiendo como una horda de mafiosos! Los extranjeros no tienen por qué creer otra cosa si eso es lo que se está comunicando al mundo.
Frente al paupérrimo control que el Estado colombiano ejerce sobre los canales privados de televisión, mi pregunta es: ¿Debe una nación de 45 millones de almas permitir que su 'comunicación externa' con otros pueblos esté mediada por el interés rapaz y mercantilista de un par de empresas de comunicación? Además de sufrir la inmoral manipulación de la información y de la opinión pública que desde sus primeras emisiones por allá en 1998 ejercen, ¿tiene la sociedad colombiana que ser manoseada en su buen nombre y honra? ¿El derecho al buen nombre que ampara al individuo no se extiende como un derecho de la sociedad en su conjunto?
La cuestión incisiva es si un grupo de personas que son representadas por un Estado no deben imponer restricciones serias al poder desbocado de comunicar en nombre de todos de un par de organizaciones. ¿Cuántos niños más en Latinoamérica tienen que 'pedirse' a Pablo Escobar para que entendamos que lo que estamos sembrando en materia de imagen país es abominable?